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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

En estos días los diarios nacionales han coincidido en publicar trabajos que giran alrededor del tema de la familia, y hacen mucho hincapié en el artículo 36 de nuestra Constitución que define al matrimonio como “unión entre un hombre y una mujer”.

Parece que para estos autores, se cumple cierta ecuación “familia = matrimonio” con papeles legalizados. Si dos hermanos viven en una misma casa, no son una familia, o si unos abuelos crían un nieto tampoco. También se percibe la desvaloración de la unión consensual entre dos personas, que son poco menos que tachados de malos padres en el caso de que tengan descendencia.

Pero resulta que en nuestro país, la ecuación “familia = matrimonio” es la que menos se cumple. Hoy se concretan infinitamente más uniones consensuales que matrimonios oficiales. La legislación cubana ha sido inteligentemente actualizada y los reconoce con igualdad de derechos que los matrimonios “a la antigua”. Asimismo abundan los casos de tíos o abuelos a cargo de descendencia, hermanos mayores y menores, entre otras variantes. Y si vamos a hablar de relaciones de pareja, también existen las uniones entre personas del mismo sexo, forzosamente consensuales hasta ahora porque por el momento no existe la legislación que las oficialize.

En cuanto a los orígenes, características e ideologías familares, las hay católicas, protestantes, ateas marxistas, sincréticas, new age, hippies, con salarios, con remesas, y hasta etcétera. Ay de los tunantes que pretendan expresar o implicar que unas formas son mejores que otras.

Esto no impide que algunos pretendan como más meritorio, defender cierto concepto llamado de “familia tradicional”. Llegan al extremo de entonar loas a las virtudes de la virginidad… femenina, claro está.

Además de ofender a la mayoría de sus conciudadanos que no viven de esta forma, los así opinantes manifiestan su acuerdo con un típico concepto patriarcal de familia, que subordinaba indefectiblemente a la mujer dentro del seno del hogar al poder masculino. La virginidad que tradicionalmente se evoca, no es un concepto a respetar que se perdió en el libertinaje de estos tiempos, sino el símbolo más claro de la cosificación de la joven entregada en propiedad a un mancebo del que se esperaba, por el contrario, que “tuviera experiencia”. A él puede y deben perdonárseles sus deslices, a ella no. A ella le toca tener y cuidar hijos, a sus padres, y a los padres de él. Los autores, descontentos por el rumbo que parece estar tomando esta descarriada sociedad, llaman a respetar el “derecho” de trasmitir estos “valores”, y reproducirlos dentro del marco de la educación sentimental y sexual.

Solavaya.

Desde hace bastante tiempo el papel conservador, patriarcal y explotador de esta concepción de familia fue desnudada y denunciada. Los bolcheviques intentaron, aunque sin mucho éxito, subvertirla. Los movimientos feministas a nivel internacional han logrado despojar de sus bellos disfraces todos estos atavismos, en unas sociedades más que en otras. Dentro de lo mucho que tenemos que mejorar en nuestra sociedad, es terminar de re-crear la familia socialista, como el entorno más favorable para el crecimiento armónico, altruísta y liberador de todos sus miembros en plena igualdad, respetando todas las peculiaridades que no amenacen estos principios.

Respetar a la familia es también orientar s sus miembros y ayudarlos a despojarse de todo aquello que en nombre de los valores tradicionales los limita en su desarrollo como seres humanos. Unas personas más libres no son menos responsables, sino más. Y si nuestra Constitución, una gran parte de la cual refleja a la proclamada en 1940 -hace 71 años ya- necesita de una actualización, pues habrá que hacerla.

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