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Por Dmitri Prieto Samsónov

El 19 de mayo se conmemoró otro aniversario de la caída de José Martí en Dos Ríos (Cuba, 1895). El apóstol cubano acababa de arribar a la isla después del largo destierro, y –a pesar de que nunca antes había participado en acciones de guerra, aunque fue un gran estudioso de la historia militar- se involucró en el primer combate que tuvo cerca, resultando muerto por balas españolas en meros minutos.

Horas antes, los líderes militares de la guerra anticolonial le habían otorgado a Martí los grados de Mayor General.

La TV cubana transmitió un interesante documental sobre la muerte de Martí. Es un asunto que siempre fue algo misterioso, además de trágico y fatídico para la historia nacional. Resulta poco comprensible cómo un hombre de inteligencia excepcional, gran pensamiento estratégico, compromiso absoluto con la causa cubana y dotado de tremenda capacidad para lo que hoy llamamos relaciones públicas, se decidiera a arriesgar su vida de manera tan extraña.

Sabemos que muchos intelectuales y ciudadanos comunes aún hoy lamentan esa rara muerte, casi acusando en sus adentros a Martí de irresponsable. ´Debería haberse quedado ese día en el campamento´ -piensan- ´y quizás después incluso salir nuevamente del país, para continuar haciendo política a favor de Cuba´. Pero Martí, evidentemente, tenía otros criterios sobre lo que significa ser un político responsable.

Esta vez vimos en la tele un intento de rigurosa reconstrucción histórica, táctica y hasta forense de lo sucedido aquél fatídico día. Gran parte del programa trató de cómo Martí cayó mortalmente herido. Datos e imágenes que aún hoy inspiran una mezcla de pavura, dolor y respeto.

Pero una gran virtud del documental es que pone en claro la existencia de contradicciones entre José Martí –hombre civil, Delegado del Partido Revolucionario Cubano- y los Mayores Generales Máximo Gómez y Antonio Maceo –militares curtidos en la Guerra Grande (1868-1878) que ostentaban los cargos de General en Jefe y Lugarteniente General del Ejército Libertador de Cuba, respectivamente-.

Al parecer, los líderes militares no compartían los planes del Apóstol. Éste quería que se formara en Cuba una especie de gobierno republicano provisional, sin subordinación a los mandos militares en campaña. Los generales querían evitar los errores de los intentos anteriores de independizar el país.

Tal fue, al parecer, la causa de los desacuerdos (aún hoy muchos manuales de historia de Cuba evitan tratar el tema) y de que Martí desoyera los consejos y hasta órdenes de sus superiores militares (Gómez le mandó quedarse en la retaguardia).

Para Martí, estar en primera línea formó parte de su misión. A conciencia incumplió la orden y fue a su primer y último combate, vestido de civil con un elegante traje negro; alguien decía que se encontró con la muerte como vestido para una boda.

Me llaman la atención dos asuntos puntuales: primero, que en un programa estelar de la tv nacional por vez primera se trató en detalle la disidencia (debemos aún aprender que disidente es quien representa una tendencia política minoritaria) de Martí con respecto a los altos mandos de aquella guerra.

Es muy importante en el contexto actual defender la idea de que la discrepancia es una característica inherente a cualquier revolución.

Segundo, que la muerte del Apóstol fue producto de su firme decisión de quedarse en Cuba, la cual a su vez fue consecuente con su praxis como Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

El PRC era un organismo político plural, auto-organizado de manera descentralizada, como probó –entre otros- el investigador cubano Mario Castillo.

Obviamente, el proyecto político del PRC aunque mediado por la mente excepcional de Martí no fue producto de una única cabeza; se puede rastrear cómo ese otrora periodista neoyorkino fue aprendiendo con los obreros cubanos en Florida de prácticas organizativas y propuestas emancipadoras radicales.

La catástrofe del 19 de mayo fue efecto de un choque entre disímiles epistemes políticos: auto-organización popular contra jerarquía vertical.

Martí, plenamente consecuente con su vocación, puso su vida a disposición del hado en su primera batalla; fue su forma ´indisciplinada´ de asumir la lucha hasta el final y sin miramientos, a conciencia incumpliendo la orden del General en Jefe del Ejército Libertador, evitando cualquier actitud escapista: daba con su muerte la prueba final de su verdad, la verdad de que otra Cuba es aún posible.

Publicado en Havana Times.

 

NOTA DEL AUTOR: El civilismo (o, si se quiere, antimilitarismo) de José Martí en 1895 era radicalmente distinto del de los abogados republicanistas cubanos que formaron gobierno durante la Guerra Grande (1868-1878). Martí no deseaba un gobierno parlamentario, a lo leguleyo, que controlara a los militares, sino todo lo contrario: una independencia funcional del mando militar, y una administración civil –también independiente- que representara al pueblo en armas según el modelo participativo probado en la emigración por la lógica del Partido Revolucionario Cubano. Estos razonamientos se derivan de su Diario. Probablemente para contribuir a tal ordenamiento político fue que Martí quiso quedarse en la Isla insurgente, mientras los militares insistían en que partiera de regreso a la emigración y se encargara de las tareas logísticas y diplomáticas relacionadas con el logro de la independencia. Además, se puede suponer que Martí deseaba una guerra corta no sólo por obvias razones humanitarias, sino también por la conciencia del peligro que las prácticas militares jerárquicas representaban para un proyecto político popular, con base en las experiencias latinoamericanas y caribeñas, comenzando por la revolución de Haití. Ello resulta claro de una vieja carta a Máximo Gómez, donde Martí le escribió al Generalísimo: “No se funda un pueblo, General, como se manda un campamento…”. Después de la caída del Apóstol en 1895, el Partido Revolucionario Cubano se fue convirtiendo en un apéndice de las estructuras provisionales de un poder cada vez más enajenado que se fueron formando en Cuba. La muerte de Antonio Maceo un año y medio después de Martí, reforzó las tendencias elitistas, antipopulares en el seno del liderazgo militar cubano, que terminaron consintiendo la entrega de la Isla a los EE.UU. Sobre la propensión cada vez más conservadora de las élites del mambisado que permanecieron con vida después de 1898, ver “La revolución pospuesta”, de Ramón de Armas, y “La república dividida contra sí misma”, de Joel James. Sobre el democratismo radical al interior del PRC, “Con todos y para el bien de todos”, de Gerard Poyo. Sobre cómo el pueblo cubano impidió “desde abajo” la anexión a los Estados Unidos en 1898-1902, “Las metáforas del cambio”, de Marial Iglesias.

 

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