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Por Armando Chaguaceda

Hace más de 10 años, mientras estudiaba en la Universidad, vi en un programa de la TV cubana una imagen que me cautivó. Sin especiales conocimientos de la plástica cubana contemporánea pero con una especial sensibilidad al arte y sus mensajes, me di a la tarea de hallar el nombre y autor de aquella pintura.

Pronto supe que se trataba del óleo “La extraña historia de un niño que dormía con un pez.” de Pedro Pablo Oliva, Premio Nacional de Artes Plásticas; pero cariñosamente llamé a la obra “El niñito” y no descansé hasta tener colgada una reproducción de la misma en mi dormitorio.

Con los años seguí intermitentemente la trayectoria de Pedro Pablo, asistiendo a exposiciones y leyendo reportajes de prensa. Lo consideré, por sus declaraciones, un cubano sencillo, con dotes de pinareño bonachón y una extraña capacidad de dedicar, en tiempos huérfanos de épica y lirismos, su obra al Comandante Fidel Castro con una carga visible de íntima y sincera devoción.

Contrastaba su pintura con cierto arte adulón y por encargo que se expandía en los decorados de las Tribunas Abiertas organizadas cada sábado en las provincias del país, al calor de la Batalla de Ideas.

Semejante combinación de ternura e ingenuidad me provocaba reacciones encontradas pero “bueno, pensé yo, al artista no se le puede pedir un tratado social y si el ejercicio de su libertad creadora lo lleva a esos puertos, bendita sea.”

Hoy leo que Pedro Pablo ha sido despojado de su puesto en la Asamblea Provincial del Poder Popular de Pinar del Río, acusado de mil cargos graves e infamantes. Que su Casa Taller cerrará por una decisión que, si bien es tomada por sus animadores, tiene directa relación con el ambiente de presiones institucionales que se ha desarrollado en torno suyo.

Ocultando las razones de la crisis

Releo los malabarismos de quienes buscan en las palabras del pintor argumentos para convertirlo en acusador de disidentes, mientras ocultan las razones esenciales de la crisis y su desenlace. Veo los comentarios que pretenden arrimar al artista a mil y una brasas ideológicas de toda raigambre.

Pero Pedro Pablo ha hablado, con una voz alta y clara de cubano de a pie, en un ejercicio responsable de la libertad, insistiendo en su deuda con la Revolución y su derecho a pensar con cabeza propia, lo que pone cada hecho (y conciencia) en su sitio.

En casos como estos apenas puedo hilvanar palabras. Solo pienso en las personas que rodeaban al “maestro” prodigando elogios interesados, en sus colegas del gremio que seguramente no lo abandonarán en el infortunio, en los funcionarios que organizaban ceremonias a la “Destacada Personalidad de Nuestra Cultura” y ahora arman tribunales (y chismes) inquisitoriales, en los vecinos que no podrán disfrutar su arte comunitario pero seguirán viéndolo como uno de los suyos.

Me alarma como parece ser ya una tendencia el poner a aquellos creadores que animan espacios autónomos de la cultura en el dilema de convertirse en policías que cierren a ciertos “indeseables” el acceso al sitio, con lo cual lo condenan a una lenta e indigna muerte.

Porque, como he dicho demasiadas veces, no es posible mantener con vida un foro de arte y pensamiento, si se teme o bloquea el debate (intrínsecamente plural) de estéticas, poéticas y políticas.*

Cuando en 2007 varios compañeros planteamos los problemas estructurales de la relación entre política y cultura en Cuba insistimos en que no se trataba de los colores de un pasado remoto sino en las sombras que flotaban sobre un presente lleno de incertidumbres.

Nuestros reclamos los hicimos (para utilizar una fórmula en boga en la burocracia cubana) “en el lugar, forma y modo” que nos correspondía como intelectuales de la Revolución y el socialismo, sin hacer caso a ademanes postmodernos, convites de la prensa extranjera o cálculos de conveniencia.

Fueron momentos memorables en la Casa de las Américas y el Instituto Superior de Arte, donde la transparencia y esperanza de los participantes y la voluntad de diálogo de las autoridades (con mérito especial en la figura del ministro Abel Prieto) alcanzaron su clímax…y también su ocaso, pues el siguiente Congreso de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) se convirtió en una suerte de torneo de celebridades y discursos, cuyas repercusiones prácticas se fueron diluyendo en la casi nada. Esa situación se mantiene (agravada) hasta hoy.

Cualquier comunidad humana tiene, entre sus metas básicas, el proporcionar a sus miembros un espacio para la libertad, la solidaridad, el desarrollo y la protección mutua. Si estas no se cumplieran, entonces la familia, las asociaciones y los gremios no tendrían razón de ser, y los individuos quedarían, en cualquier sistema social, inermes ante las fuerzas salvajes y rampantes de la política y el mercado.

En ocasión de las tristes noticias en torno al pintor Pedro Pablo y su proyecto, pienso en si será posible que abandonemos, en aras de la verdadera autonomía del campo intelectual cubano, las guerritas gremiales, las envidias mutuas y los silencios cómplices. O tal vez que la suma de todos nuestros miedos nos dé el mínimo aliento para permanecer juntos y firmes, aunque sea un instante. Me permito soñar.

(*) Ver al respecto La campana vibrante. Intelectuales, esfera pública y poder en Cuba: balance y perspectivas de un trienio (2007-2010) en http://www.uv.mx/iihs/documents/Cuaderno37.pdf
Publicado en Havana Times