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El otro día dos personas cercanas discutían sobre un tema de carácter político. Cubanos y entrañables, la discusión era cariñosa y apasionada. Me dio por pensar.

El concepto de igualdad, ese que tanto se maneja. Para este servidor, el primer y básico nivel de este concepto es igualdad ante la ley. Qué obvio debe parecer eso en las sociedades civilizadas, ¿no es cierto? Sin igualdad total del ciudadano ante la ley, sin la desidentificación personal del sujeto ante la de ojos vendados, no es posible siquiera empezar a hablar de otras construcciones de igualdades de oportunidades, o de índices Ginis, o de ingresos o de consumo o cualquier otra. Tampoco es posible hablar de un Estado de Derecho. Yo creo que partiendo de ese principio se hubiera acabado la discusión.

Una cosa que ayuda para ver a las personas en el prisma de la igualdad es mirarlos pasados 100 años. Así, enfriados los ánimos, dejados muy atrás otras razones interesadas colaterales, se puede ser un poco más imparcial de lo que hizo cierto sujeto en particular. Claro, que ni la justicia vigilante puede esperar tanto, ni quien espera una recompensa puede sentirse satisfecho con la perspectiva. En los USA, por ejemplo, a veces sustituyen tiempo por lejanía en los casos penales donde el abogado es hábil, y se lleva al acusado de un delito en Alaska, para que lo juzguen en Georgia. Digo los USA porque es de donde vienen las películas esas de policías de los sábados, pero sabemos que el principio teórico ideal no siempre funciona bien, miren a ciertas cinco personas.

En última instancia nosotros no tenemos un país tan grande y todo el mundo se entera de todo, así que hay que proceder como se pueda. Entonces, para que la sociedad decida sobre recompensa o castigo sobre la base de la imparcialidad más completa posible, pongamos al personaje detrás de una cortina y le decimos al jurado, lo más abstractamente que se pueda: “Esta persona desempeñó su trabajo con resultados mejor de lo que se espera por el sueldo que recibe, en un tanto porciento”. De esta manera se puede enfocar los méritos desde el más alto hasta el más bajo. Si lo que hizo fue fuera de su contenido laboral, se puede describir: “Realizó un acto meritorio donde salvó la vida de otras tres personas, ayudó a un viejito a cruzar la calle y consiguió que crecieran cuatro matas de mamoncillos.”

Ahora por la parte mala: “Esta persona se provechó de su cargo de funcionario para exigir una comisión a cambio de dar curso a una cierta relación contractual. Esta relación contractual perjudicó al país en tantos miles de pesos o no lo perjudicó, pero melló la fe de los productores de cierta mercancía de interés”. De esta manera se puede reflejar el mal actuar desde el malicioso contratador de las cosechadoras de arroz en el Valle del Cauto, hasta otro que malverse los muelles de las terminales de cruceros turísticos. O si lo que hizo fue un acto no relacionado con su trabajo, sino un delito más vulgar, bueno, pues “Esta persona puso en peligro la vida de tantas personas, o se robó mil quinientos pesos, un bote, la ropa de cuatro tendederas y el caramelo de un nene. Para ello usó un machete y lenguaje vulgar.”

El jurado de la sociedad, en ambos casos de decisión sobre recompensa o castigo, juzgaría así exclusivamente por la acción de la persona, sin atender otros colores que con la venda de la imagen emblemática, no se deberían percibir. Estaríamos en el mejor camino para una sociedad de iguales.

Es evidente que lo que he escrito está lleno del idealismo más utópico.

Publicado por Rogelio M. Díaz Moreno en http://bubusopia.blogspot.com/2011/04/igualdad.html
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