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Por Verónica Vera

Recuerdo bien esta expresión que pululó un tiempo, en nítidos caracteres, en las bolsas de nailon. La primera vez que tropecé con una, y a pesar de que valoré también la sugerencia semántica de priorizar lo cubano: “nuestro vino, aunque sea de plátano…” sinceramente, me pregunté si era un slogan apropiado. Y en un sentido aún más explícito, tampoco porque dudase de que es el principio que la mayoría aplica con la certidumbre de que es lo correcto, sino justamente por entrever las acciones omitidas en el enunciado. Veía a los hombres subir a una guagua donde por no empujar suficiente, yo, mujer, quedaba rezagada, en una ocasión vi a un fornido adolescente negarle el asiento a una joven con un niño en brazos, mientras desde otro asiento, su mamá, -también con un niño en brazos- le gritaba que no se levantara… más de una vez me encontré ante el mostrador de una “shopping”, y esperando a que se desocupara el dependiente, otros llegaban detrás de mí, vociferaban su demanda y eran atendidos antes que yo, y veía aquellas bolsas como una epidemia en tiendas, agros, o rotas y sucias abandonadas en el suelo, arrastradas a veces por raptos de aire, sentenciando entre dobleces y relieves: Lo mío primero, Lo mío Primero, Lo mío Primero…

Hace muy poco supe que el 2 de octubre del 2007, -día en que se celebra el aniversario del natalicio de Mahatma Gandhi-, y durante la celebración de la Asamblea General de las Naciones Unidas, esta fecha fue declarada Día Mundial de la No Violencia. Indagué con varias personas, y para mi sorpresa, también ignoraban el acontecimiento. Alguien había recortado una breve nota de prensa, que a propósito de esta celebración internacional, salió en el diario Juventud Rebelde. Sin embargo, yo pensaba obstinadamente que era poco, muy poco, y cuando mi hijo, de doce años, me comentó que a propósito de una pelea ocurrida en la escuela, su maestro, -también casi adolescente- dijo: “Hace tanto tiempo que no me fajo, que estoy loco porque alguien me dé un motivo”, me acordé de aquellas bolsas de nailon, de esta filosofía que nos injertan y padecemos de por vida.

El débil no puede perdonar, el perdón es el atributo del fuerte, acertó en recordarnos Gandhi, pero ¿cuántos creemos esto un principio objetivo y aplicable? ¿Cuántos cubanos conocen, no que este frágil hombrecito consiguió la liberación de la India, sino que derrotó en una lucha no violenta a uno de los imperios más poderosos y de más sanguinaria tradición? Con total exactitud Einstein vaticinó que en los tiempos futuros nadie creería que existió alguien como Mohandas Gandhi. La señora Sonia Gandhi señala un detalle que esclarece nuestra condición en este sentido: Es llamativo que no haya ninguna palabra concreta para significar no violencia en casi ningún idioma. No se considera como un concepto en sí mismo, sino como la mera negación de algo. Otros conceptos tienen sus propios antónimos: guerra y paz, pecado y virtud, odio y amor. Sin embargo, aunque todas las religiones del mundo predican la no violencia, no existe ninguna palabra independiente, afirmativa para ella. De esta manera, incluso en nuestro pensamiento, el concepto de la violencia siempre ha sido central y el de la no violencia, marginal (India Perspectivas, enero-marzo del 2008).

Sin embargo, el término sánscrito ahimsa, entraña el significado profundo de la actitud humana más natural. Recuerdo una historia que alguien me refirió hace tiempo: Un sabio vio a un escorpión que había caído en un espacio de agua y trató de ponerlo a salvo. Habiéndolo cogido en su mano, el insecto lo picó. Por instinto, el sabio sacudió la mano yendo a parar el escorpión nuevamente al agua. Intentó otra vez sacarlo y ocurrió lo mismo. Cuando lo intentaba una tercera vez, una persona que observaba la escena se acercó para preguntarle: ¿Por qué tratas de salvar al escorpión si sabes que te picará? A lo que respondió apaciblemente el sabio: Si el escorpión no traiciona su naturaleza, ¿por qué debería yo traicionar la mía?

No violencia es la negación del concepto que omitimos por milenios. La negación de uno de los aspectos viscerales de la palabra humanidad. Gandhi nos devela una verdad con simplicidad aplastante: No hay camino hacia la paz, la paz es el camino. Hemos instituido la paz no como un estado mental, sino como un lugar fuera de nuestro alcance al que estamos condenados a viajar sólo por derroteros físicos y violentos. Hace un tiempo leí acerca de una tribu aborigen en Australia, cuyos miembros, para comunicarse a distancia, no necesitaban de otro sistema que el de la telepatía. Una doctora norteamericana que convivió unos meses con ellos (Marlo Morgan, “Las Voces del Desierto”), comenta al respecto: La razón primordial por la que saben usar la telepatía es que no mienten nunca. No utilizan siquiera una pequeña invención, ni una verdad a medias, ni una grosera afirmación falaz. No mienten en absoluto, de modo que no tienen nada que ocultar. Son personas que no tienen miedo a abrir sus mentes para recibir, y que están dispuestas a darse in­formación mutuamente…” Sin embargo, la misma carencia (no semántica sino moral) que nos fuerza a usar para una afirmación, un concepto negativo, nos hace escépticos a la eficacia del uso de la verdad, el Satyagraha que Gandhi remarca como la sustancia misma de la No violencia. No se puede defender una causa si uno no sabe y siente, a plena conciencia, que es un derecho legal. Pero esta legalidad es en sí misma más moral que institucional, por ello Gandhi insistía en la armonía de una vida verdadera para aspirar al Swaraj, la moral e ideal político últimos. Es la verdad cultivada la que nos concede fuerza interior para defender cualquier derecho, en cualquier circunstancia. Ahora, al mirar a los ojos de un vendedor que me aseguró ayer que su mantequilla “es buena” y luego de observar la transformación de la mezcla en un recipiente: casi el doble de la cantidad sólida resultó agua… me pregunto, ¿podré convencerlo? La misma doctora que vivió la extraordinaria experiencia de una sociedad no violenta en las entrañas del desierto australiano, confesaba: Imaginé que en mi país rechazarían la idea de la telepatía mental. Pueden aceptar fácilmente que en el mundo hay seres humanos que se comportan con crueldad entre ellos, pero son reacios a creer que en la Tierra puedan existir personas que no son racistas, que viven juntas con una total compenetración y armonía, que descubren sus talentos únicos y propios y los honran, como honran a todos los demás…

Cuando comentaba una vez que uno de los problemas sociales que más me afectaba en Cuba era la proliferación de los perros y gatos callejeros, mientras se fomenta la cultura de los animales de raza, que es una inversión más costosa, alguien me dijo que había problemas mucho más importantes. Pero todo es igualmente importante. El desconocimiento o el olvido de nuestra “…” (y aquí el término omitido en nuestro idioma, el término que fusionaría amor-sinceridad-respeto-compasión-identificación con el dolor del otro…) esta ausencia en el lenguaje, este hueco en nuestra mente es la causa de todos los otros males, el desprecio a la sensibilidad malinterpretada como debilidad ha sido uno de los indicios más palpables de nuestra inmadurez. Y que hemos pagado más caro.

En una ocasión, estando mi hijo en quinto grado, la maestra me comentó que se había negado a merendar. Cuando le pregunté a él sus motivos me explicó que se había acordado del perro que habíamos visto morir esa mañana y la tristeza le había quitado el apetito. La maestra opinó que eso estaba mal (especialmente en un varón) y que yo estaba educando erróneamente a mi hijo. Le pregunté si esos jóvenes de los que tanto nos quejábamos cuando atropellaban a la gente en las guaguas, que no cedían su asiento ni a una persona anciana, no habrían sido “educados” con el mismo cuidado de no mostrar compasión. Entonces sí nos preocupa, y es que el monstruo que nació y se desplegó en lo oscuro, en la omisión, se ha hecho brutalmente visible.

La memoria histórica de la conquista, de la guerra de Independencia o la lucha clandestina o en la Sierra Maestra, no significa que como nación estemos sentenciados a alimentar una conciencia de violencia, que es, básicamente, una inconsciencia de las consecuencias de la violencia, otra omisión que nos separa de nuestra humanidad, y de la realidad. Se recuerda el horror para evitarlo, no para perpetuarlo. Cuando escribía este artículo, una noche noté que mi hijo estaba nervioso, no quería dormir solo. Al preguntarle qué pasaba me contó (o intentó contarme porque no le dejé terminar la segunda escena) una película “de terror” que los maestros habían puesto en la escuela, confiando en la complicidad de los alumnos si entraba algún supervisor. Al conversar este asunto con la maestra, me sentía una vez más la madre extremista que se queja por una traviesa transgresión de la ética en la que no había reparado nadie. Y una vez más pensé en el itinerario silencioso del Terror en las mentes de unos niños que se ven obligados a ser cómplices de esa “travesura”, igual a esos niños que callan una violación sexual por años porque se les convenció de que el abuso es una condición natural.

Sigo creyendo que la omisión es nuestra evidencia más tangible: la omisión de los verbos con que puedo hacer prevalecer a toda costa “lo mío”, la omisión de la sensibilidad de unos niños que permean sus mentes con imágenes concebidas para horrorizar… la omisión de los derechos a animales cuya condición de abandonados los circunscribe, además de al hambre y la enfermedad, a la demarcación del desprecio y el maltrato, la omisión de una palabra que nos dé la libertad de afirmar sin tener que evocar primero la violencia para entonces negarla… la omisión de una celebración nacional el 2 de octubre, fecha del natalicio de Gandhi pero sobre todo, día en que la No Violencia es una reflexión mundial.