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Por Isbel Díaz Torres

HAVANA TIMES, Dic. 4 En 1871, cinco hombres negros cubanos protagonizaron una acción armada en protesta por el fusilamiento de ocho estudiantes de medicina. Después de 139 años, otros hombres y mujeres de esta isla, en plena calle, intentamos otorgar el justo valor a aquel hecho valeroso.

Parece ser que Alonso Álvarez de la Campa, uno de aquellos inocentes estudiantes, de apenas 16 años de edad, era abakuá. Por ese motivo otros miembros de esta fraternidad, negros, atacaron indignados a voluntarios y soldados españoles en la mañana del 27 de noviembre, día que serían fusilados los estudiantes, al atardecer.

Como es de esperar, tal hazaña ha permanecido silenciada en la historiografía cubana durante décadas. El investigador Tato Quiñones ha buscado aquí y allá, desempolvando los vestigios de aquel suceso en archivos policiales, periódicos de la época y la tradición oral de los abakuá. En todos estos años solo el Che hizo mención del suceso, en 1961, con motivo del noventa aniversario del fusilamiento de los estudiantes mártires.

Desde el 2006 los integrantes de la Cátedra Haydée Santamaría vienen recordando a estos héroes en Morro y Colón, en la Habana Vieja. En esta esquina, donde cayó el más joven de los ñáñigos (apenas 14 años de edad), se realizan rituales de homenaje cada 27 de noviembre.

Esta vez la conmemoración tuvo como marca inédita el intento por romper con los vestigios de segregación racial que persisten en la sociedad cubana. Ya no queremos que por una parte se recuerde a los mártires blancos y en otra esquina a los héroes negros. Fueron 13 jóvenes cubanos las víctimas del yugo español.

Por eso, además de develar una tarja que evoca aquellos hechos, se realizó una peregrinación desde la histórica esquina hasta el monumento a los ocho estudiantes de medicina. Allí les pusimos flores, sin pedir permiso. Como dice un amigo, no sabemos si es legal pero sabemos que es legítimo.

Dos íremes o diablitos, con sus danzas al compás del coro de clave abakuá, guiaron al nutrido grupo por las calles habaneras hasta llegar al Paseo del Prado. Grupo que fue creciendo por la suma de la gente de los barrios pobres, donde a las personas no hay que explicarles el significado de la palabra ñáñigo.

A pesar de la lluvia, según mis cálculos más de 250 personas, entre abakuás, historiadores, antropólogos, y sobre todo la población vecina, participaron en la marcha. La emoción de formar parte en ese avance espontáneo y enérgico es inenarrable. A varios escuché decir que el 27 de noviembre sería, con total justicia, el Día de la Descolonización.

Fotos: Isbel Díaz Torres y Jimmy Roque Martínez

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